viernes, 17 de octubre de 2008

Tras Ike, las casas de Holguín se convirtieron en escuelas

Las mesas son las mismas, las sillas, los libros, los alumnos, la maestra, la pizarra. Pero hay algo inusual en este cuadro. En las paredes cuelgan fotos de familia, y muy cerca se siente olor a frijoles recién hechos. De vez en vez, una señora con espejuelos desaparece por una cortina, y vuelve, doblando ropa o con una escoba en la mano.

Ya no suena raro, pero al principio pudo parecer cosa de locos las “casas-escuela”, un invento de la solidaridad cubana, al que apelaron los holguineros para recomenzar el curso escolar después del paso de Ike, y aún con escuelas destruidas.

Xiomara Galván, una jubilada que vive en Gibara, creyó en el empeño. “Yo conocía de la situación y ofrecí mi casa. Mi esposo me apoyó desde el principio, los dos quisimos dar este granito.”
Son más de 100 los centros escolares dañados de todas las enseñanzas en la Villa Blanca de los Cangrejos. En las primarias, sobre todo, hubo 95 afectaciones. El curso escolar, interrumpido por el meteoro, recomenzó con 196 aulas alternativas en viviendas particulares.

“Por la mañana ellos van a la escuela al matutino, y luego vienen para acá y enseguida se ponen a dar clases”, explicó Xiomara quien ha tenido que cambiar su rutina del día, quizás levantarse más temprano para tenerlo todo listo cuando lleguen los muchachos.

Margarita Zaldívar es la profesora del grupo: “Esto es totalmente inusual para mí. Yo nunca había vivido un huracán, había participado en cuestiones de evacuación porque en nuestra escuela movilizamos a mucha gente para estos acontecimientos, pero nunca pasaba nada”.
“Esto ha sido excepcional”, ha repetido, “pero los niños están bien. Aquí Xiomara hasta nos prestó su televisor para no tener que traer el que tenemos allá. También nos dejó su teléfono, los padres llaman para saber de sus hijos”.

Los 20 pequeños de esta aula cursan el 4to grado y son alumnos del seminternado Eddy Suñol Ricardo, de los más perjudicados después del centro Ovidio Torres, en el poblado del Güirito.
Gabriel Ortega, uno de los estudiantes, dice que extraña un poco a sus amigos de otras aulas, pero que es mejor estar aquí que en la casa.

“La situación se va a mantener por un tiempo”, comentó Carmen Sánchez, directora municipal de Educación en Gibara, “aún no contamos con los materiales para todas las reparaciones y hay centros en muy mal estado. No obstante, tenemos el 98 por ciento de los niños en las aulas, los que faltan es porque aún están evacuados o en alguna situación de este tipo, pero a ellos también llegaremos”.

Por suerte Xiomara y su familia no son un caso excepcional. Al doblar, en el otro barrio, Ramona Viada es la dueña de la casa y también la maestra.

“En la escuela hicieron un llamado a los padres que tuvieran condiciones, y yo les dije que mi casa podía funcionar. El aula en que doy clases no se dañó, pero yo se la di a otra maestra”, comentó Viada cuando llegamos a su hogar.

Para los niños la dinámica ahora es diferente. Después del matutino, deben salir de la escuela y llegar a una casa, a un barrio como el de ellos. Y cuando se sienten en sus sillas, abran los libros y la maestra ponga el asunto, será como si siempre hubiesen estado allí. Para hoy la profesora les enseñará cómo un número se convierte en otro mucho mayor, con solo añadir un cero.


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